La nueva psicopatología (I): el “y si…”

Psicopatología

Prácticamente desde el inicio de la medicina se han intentado clasificar las enfermedades mentales. Al principio parecía que la distinción principal consistía en averiguar si el comportamiento extraño era cosa del demonio o no lo era. Ahora el debate está en si hay un desarreglo químico (que las pastillas puedan tratar) o no lo hay.

Yo no veo mucha evolución en esto, no sé vosotros. En ambos casos la posibilidad de mejoría no está en manos del enfermo, no depende de él sino que tiene que ser un exorcista o unas pastillas las que tienen el poder curativo. Son diagnósticos que no dejan espacio para que el paciente mejore por sí mismo.

En otra entrada ya hablé del peligro de las etiquetas pero como no me quiero quedar en la simple queja, voy a proponer un nuevo compendio psicopatológico que sea verdaderamente útil, que deje un margen de maniobra para que la persona pueda cambiar.

Todas las psicopatologías que iré describiendo tendrán algo en común: su curación pasa por que el enfermo haga algo diferente en su vida. Pueden ser grandes o pequeños cambios, da igual, lo importante es que sea algo diferente a lo que está haciendo…porque lo que está haciendo no le funciona para curarse.

La enfermedad del “y si”

“¿Y si el avión se estrella? ¿y si empieza a llover? ¿y si me equivoco? ¿y si me caigo? ¿y si me atropella un coche? ¿y si me ataca un perro? ¿y si me da un ataque en medio de la calle? ¿y si mi madre se cae y yo no estoy? ¿y si suspendo? ¿y si me dice que no? ¿y si mi vida deja de ser perfecta?¿y si me vuelvo loco? ¿y si me muero?” y así podíamos seguir hasta el infinito.

Todos somos un poco “y si…” Llenamos nuestras maletas de “por si acasos”, tenemos un seguro médico, vamos al dentista de vez en cuando, miramos a ambos lados antes de cruzar, nos agobiamos si no conseguimos un trabajo, intentamos seguir las normas, etc. El “y si” forma parte de nuestra vida en sociedad, de nuestra vida como adultos. Generalmente los niños no suelen pensar en el futuro de esta manera así que niños enfermos de “y si” suele haber pocos.

La enfermedad del “y si” empieza cuando nos quedamos paralizados en la vida por miedo a que se cumplan esos “y sis.” Cuando dejamos de salir a la calle por si nos atropellan, cuando prolongamos la lectura de la tesis por miedo a fracasar, cuando dejamos de trabajar por miedo a hacerlo mal, cuando no nos presentamos al examen por miedo a suspender, etc.

Existen dos síntomas inequívocos para diagnosticar esta enfermedad:

  • El miedo a lo desconocido.
  • El control sobre lo conocido.

La persona aquejada de esta dolencia intenta combatir el miedo con control. Desgraciadamente, el control siempre tendrá las de perder en esta batalla porque es imposible controlarlo todo. Es como intentar ponerle puertas al campo: una tarea inútil. Pero mientras la persona está con la mente ocupada en perfeccionar la tesis hasta el infinito, o haciendo un estudio sobre la probabilidad de morir en un accidente aéreo, o cualquier otro tipo de control que intente ejercer sobre su vida, se olvida del miedo que tiene al fracaso, a la muerte o a la infelicidad. El control le distrae del miedo, por eso el enfermo no dejará tan fácilmente de (intentar) controlar su entorno.
Pero el miedo sigue ahí, no desaparece con el control, y es entonces cuando empieza el sufrimiento. Todo lo que la persona hace para que su miedo desaparezca no vale de nada. Es más, a veces hasta lo incrementa. El miedo es como una masa que va invadiendo poco a poco toda las esferas de la vida de la persona. Es un veneno que paraliza e impide disfrutar de la vida. Pero el enfermo de “y si” no se rinde y lucha con todas sus fuerzas contra ese veneno. Lo que ocurre es que el control no es el arma más adecuada y sufre un gran desgaste en la lucha.

¿Cómo se puede salir de este círculo vicioso? Evidentemente, el objetivo final es que la persona se enfrente a su miedo para que vea que no pasa nada, o que sí que pasa pero es lo suficientemente fuerte como para sobrellevarlo. El veneno del miedo se alimenta de sí mismo: cuanto más miedo se tiene, más se tiene y más difícil es de combatir.

Para llegar a ese objetivo, el psicólogo no puede luchar directamente con esos intentos de control ¿cómo va a dejar al paciente sin la única cosa que le hace olvidar ese miedo? Primero tenemos que cambiarle la armadura para protegerse mejor y darle armas nuevas para enfrentarse al miedo: intervenciones paradójicas, ilusión de alternativas, modificación de sus rituales de control (sin eliminarlos) o tareas distractoras son algunos ejemplos de técnicas que se pueden utilizar para curar esta enfermedad.Si te gustado o te ha parecido útil, ayudas mucho dando un +1

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