3 formas de discutir en pareja

Psicoterapia

Uno de los grandes motivos de consulta en terapia de pareja son las discusiones. Los objetivos suelen ser “discutir menos”, “que las discusiones nos duren menos” “enfadarnos menos” o “que las peleas no se nos vayan de las manos.”

Durante la entrevista, una de las cosas en las que nos fijamos mucho es en el tipo de discusiones que hay entre los dos. Por norma general, suele haber una mezcla de los tres tipos pero uno suele predominar sobre el otro.

En función de cada caso, optamos por una estrategia de intervención u otra. Pero lo principal para no meter la pata es saber un poco qué tipo de discusión mantiene la pareja que tenemos delante.

Discusiones logísticas

Este tipo de discusiones son las que evidencian problemas del día a día, sobre todo de carácter logístico: quién pone las lavadoras, quién hace la compra, quién organiza los turnos de limpieza, quién baña a los niños, etc.

Son discusiones que se mueven en un plano superficial porque, una vez llegado a un acuerdo, se solucionó el problema. Son discusiones más propias de parejas jóvenes, que llevan poco tiempo de convivencia y aún están en el período de adaptación.

Si alguna pareja que discute sobre estos temas llega a acudir a terapia, la solución pasaría porque se sienten a hablar desde la tranquilidad y, en vez de centrarse en la queja, empezar a pensar en soluciones:

“a ninguno de los dos nos gusta limpiar ¿qué podemos hacer para mantener la casa con el menor esfuerzo por nuestra parte?” en vez de “siempre me toca limpiar a mí, no es justo”

Sería un ejemplo de discutir de manera productiva este tipo de problemas.

Discusiones  ideológicas

Se trata de las discusiones acerca de la manera de llevar la vida, desde la educación de los hijos hasta la nutrición, la religión o la política.

Este tipo, al contrario que el anterior, se mueven a un nivel un poco más profundo de la relación. Ya no se trata de quién hace qué sino del cómo se hacen las cosas. En este tipo de discusiones puede haber diferencias irreconciliables.

Por ejemplo, puede ser el caso de una persona católica y otra atea que se discute por el tipo de educación que se va a dar a los hijos. O el de una persona vegetariana que convive con una que no lo es.

Aquí la cuestión que habría que plantear sería si podemos convivir con esta diferencia en pareja o si por el contrario es una línea roja que no podemos cruzar. Si la pareja decide seguir adelante, habría que buscar la forma de ir solventando el problema pero sabiendo que nunca se va a poder solucionar del todo (a no ser que uno de los dos acabe cediendo del todo y se convierta en vegetariano, por ejemplo).

Lo que es dañino en estos casos es volver una y otra vez sobre lo mismo, algo así como: “no me gusta nada este aspecto de ti así que a ver si a fuerza de protestar, cambias”. No, esa no es la actitud.

Reduciendo mucho el asunto sería un:

“o lo tomas o lo dejas, pero no andes mareando.”

Una vez que cada uno acepte las diferencias del otro como inamovibles, se puede empezar a pensar en maneras para que los dos estén más cómodos dentro de su relación.

Discusiones relacionales

En este último tipo de discusión de pareja no se habla de problemas logísticos ni ideológicos sino que va más allá: la discusión se centra sobre la propia relación, sobre el tipo de dinámica que hay entre la pareja.

Es el nivel más profundo de discusión y por eso a veces es difícil de detectar, ya lo que no se suele discutir de manera explícita sobre este problema.

Las personas no solemos decir:

“Cariño, creo que ya no estoy conforme con nuestra dinámica relacional, necesito que cambien nuestro contrato implícito de convivencia porque ahora mis necesidades han cambiando con el tiempo”

No, la cosa va más bien así: “Estoy hasta el gorro de que me hagas siempre lo mismo, nunca haces nada en casa, yo siempre me tengo que encargar de todo, eres un vago y te crees que yo soy tu asistenta.”

Este tipo de discusiones se suelen disfrazar de algún tipo de las dos primeras, pero sobre todo se suelen camuflar tras los problemas logísticos. Para diferenciarlas, hay un truco sencillo: cuando se llega a un acuerdo sobre las tareas de la casa, por ejemplo, y se termina el problema, entonces se trata del primer tipo. Sin embargo, si las discusiones se mantienen, sólo que ahora en vez de por las tareas de la casa son por quién utiliza el coche y luego cambia a la implicación con los niños, luego sobre la suegra, y así hasta el infinito, podemos sospechar que se trata de una discusión relacional.

En estos casos, lo importante es ver qué hay detrás de todos esos problemas logísticos, qué están pidiendo cada una de las partes en realidad. ¿Demanda de cariño? ¿más simetría en la relación? Puede ser cualquier cosa.

Conocer cuál es el tipo de discusión principal de la pareja que acude a consulta nos permite establecer una estrategia más eficaz de cara al tratamiento. Esto se traduce en un menor tiempo de terapia y una mejora que se mantiene con el tiempo.

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