El humor en la terapia

Psicoterapia

 

 Terminaba yo mi segundo año de residencia cuando mi supervisora me dijo que me cambiaba la cara en consulta, que me ponía muy, muy seria. No me lo dijo como una crítica, o al menos no me lo tomé como tal pero me hizo pensar.

En aquel momento creí que lo me pasaba era que me concentraba tanto en lo que ocurría en consulta que no tenía tiempo para relajarme y sonreír. Menos mal que estaba por Andalucía y esa seriedad lo achacaban a mi procedencia gallega y no a una falta de práctica clínica.

En parte yo tenía razón, pero en parte no.
Porque siendo sincera, lo que de verdad me pasaba era que tenía miedo de sonreír o de reírme, de hacer una broma que al paciente pudiese sentarle mal. Al fin y al cabo, me están contando sus problemas, que es algo muy serio y si me reía igual se lo tomaban como una falta de respeto.

O también pensaba que si me reía, se me iban a notar los (pocos) años que tenía en aquel entonces, por eso tenía que dar una apariencia de seriedad y profesionalidad. Porque los mejores terapeutas son aquellos que no se ríen jamás ¿verdad?

¡Ja!

Hoy en día sé que la risa relaja y es una maniobra muy poderosa de curación. Muchas veces, si conseguimos que el paciente se ría, ya tenemos media terapia hecha. Pero claro, para hacer que se ría,
debemos hacerlo nosotros primero, a no ser que seamos como Eugenio.

El sentido del humor es una de las armas más poderosas con las que contamos los terapeutas para ayudar a que los pacientes mejoren. Como arma que es, hay que saber utilizarla. Si no sabes, mejor no lo hagas, como hacía yo al principio. En estos años he visto de todo, desde psicólogos que utilizaban chistes de manera indiscriminada, sin importar la reacción del paciente hasta otros que se mantenían serios aunque el propio paciente estuviese riendo a carcajadas o le estuviese contando un chiste.

Ni tanto ni tan calvo.

En ambos casos se nos olvida lo fundamental, que es seguir el ritmo del paciente, comprobar si está preparado o no para reírse de sus problemas o si en cambio utiliza la risa como un mecanismo disfuncional en su vida.

Como siempre, primero hay que escuchar al paciente, saber un poco a quién “nos enfrentamos” para poder decidir si utilizamos el humor desde el principio o lo tenemos que dejar para más adelante.

Si todavía no está preparado para reírse, uno de nuestros objetivos puede ser ayudarlo en ese camino, prepararlo para que consiga ver su problema desde una perspectiva más cómica. El cambio de perspectiva le ayudará a relajarse e incluso a encontrar una solución.

En cambio, puede que nos ocurra el caso contrario, que la risa sea su “solución intentada” que perpetúa su problema. Entonces la estrategia sería diferente.

Con todo, en ninguno de los dos casos podemos pasar de 0 a 100, no podemos reírnos a la primera de cambio en el primer caso ni mantenernos serios en el segundo. La clave está en acompañarlos en su seriedad o en su risa, pero al mismo tiempo introducir pequeños cambios de humor en el discurso para llevarlos donde queremos.

Creo que hoy me he quedado más en la teoría abstracta que en la práctica, que estoy diciendo cosas del estilo “hay que escribir con el corazón y no con la cabeza” sin decir cómo se hace eso. Pero el humor es algo tan, tan idiosincrático que resulta complicado dar pautas generales.

Como dije al principio, el humor es un arma muy poderosa pero lo malo es que viene sin manual de instrucciones.      

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