Un historia surrealista sobre el PIR

Psicoterapia

Os pongo en situación.

Verano de 2008, estaba rotando por la Unidad de Agudos de mi hospital. En aquel momento yo era la única residente de la Unidad (MIR o PIR) por lo que me asignaron a un estudiante de medicina para que le enseñase todo lo que sabía sobre la Unidad. Vamos a ponerle de nombre Marcos.

Era el primer día de Marcos en la Unidad y tenía la misma cara de susto que tienen todos cuando empiezan en la Unidad de Agudos. Como si fuera el corredor del silencio de los corderos o así. Yo me dije que iba a intentar que se le quitase ese miedo y todos los prejuicios que pudiera tener sobre los pacientes que estuvieran allí ingresados.

Total, que en la reunión de la mañana nos cuenta el psiquiatra de guardia que la noche anterior había habido un ingreso de un hombre de 64 años: “depresión grave, casi catatónico, apenas se comunica.”

“Cristina, encárgate tú de la valoración y que Marcos vea cómo es una primera entrevista.” Me dijeron.

Pues allá que me fui, vi el número de la habitación en la carpeta del historial y fui a buscar al paciente, al que vamos a llamar José.

Al llegar a su habitación me encuentro con un señor mayor sentado en la cama, con el pijama del hospital puesto. Estaba mirando hacia la pared sin hacer nada más.

“¿José?” pregunto. El señor se da la vuelta y me sonríe. “¿me toca hablar ya?” me dice.

“Caray, muy catatónico y deprimido no parece, quizás el psiquiatra exageró un poco” pensé. Bueno, me presenté a mí y al estudiante e invité a José a venir conmigo al despacho a hablar de cómo se encuentra.

“Fenomenal” me dice “Hacía tiempo que no dormía tan bien.”

Cada vez se me hacía más raro todo pero como tenía a un estudiante a mi cargo fingía que yo sabía lo que estaba haciendo y que era normal ese tipo de respuestas en una persona “con una depresión grave y casi catatónico.”

Llegamos al despacho y le vuelvo a preguntar qué tal. José me responde de nuevo que fenomenal que por fin consiguió dormir toda la noche y se nota en plena forma.

“Por fin la doctora dio con la medicación que me va, lleva días ajustándomela y creo que lo ha conseguido, estoy muy contento.”

“¿Días ajustando la medicación? Pero si ingresó ayer, debe estar muy desorientado, igual tiene deterioro, voy a pasarle el MiniMental a ver”

Su MiniMental fue de 10, no falló ni una y él encantado con la prueba. “Esto es más divertido que hablar con la doctora.”

“¿Qué doctora?” le pregunto.

“Oh una doctora que viene a mi habitación a veces a hablar conmigo. Es muy simpática y me dice cosas buenas siempre. Pero bueno, yo creo que ahora que estoy mejor, ya me marcharé pronto ¿no? Creo que mi hijo venía a buscarme hoy”

Según la historia, este señor no tenía hijos varones, sólo una hija que fue la que lo acompañó anoche al hospital. ¿Estará delirando?

Cada vez me sentía más desconcertada y se me empezaba a notar que no tenía ni idea de lo que le estaba preguntando. Hasta que se me iluminó la mente y le pregunté:

“¿Cómo te llamas?”

“¡Jesús!” Me contestó con una sonrisa de oreja a oreja. “Entraste preguntando por José que es el hombre que ingresó ayer pero como estaba todavía desayunando en la sala, y a mí me apetecía hablar con alguien, pues pensé que no iba a importar. Así adelantamos y me puedo marchar antes.”

Una hora hablando con un paciente pensando que tenía una demencia, luego ideas delirantes y hasta sospecha de alucinaciones y resulta que al final, lo que ocurría es que se trataba de otro paciente.

Miré de reojo a Marcos, que parecía dudar entre empezar a reír o salir huyendo.

¿Qué iba a hacer ahora? Pues la única salida posible: reírme yo también y despedirme de Jesús diciéndole que yo también le veía muy bien.

Cuando nos quedamos solos, le digo a Marcos:

“¿Qué te ha parecido? Esto es la primera vez que me pasa.”

“Bueno” contesta “En realidad yo quiero ser cirujano y espero que esto mismo no me pase nunca a mí.”

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