Qué hacer antes de prescribir una tarea

Psicoterapia

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Hace años, un amigo psiquiatra me comentaba que lo que más le costaba hacer era no recetar. “Vosotros lo tenéis fácil, como no recetáis no os queda más remedio que escuchar al paciente,” me decía. “Cuando uno ve a alguien sufrir, lo primero que le sale es hacer algo para aliviar ese sufrimiento, de ahí que las recetas sean la vía fácil, nos creemos que con una pastilla ya hemos hecho algo.”

Mientras me contaba esto, yo no podía evitar pensar en los autorregistros, las prescripciones paradójicas, los cuestionarios, las técnicas de respiración, y demás herramientas que muchas veces soltamos al final de la sesión no porque vayan a ser útiles de verdad, sino por sentir que “hemos hecho algo.”

De ahí que muchas veces, las consultas de supervisión, sobre todo para alguien que está empezando sean más de este tipo:

¿Qué tarea le puedo dar a alguien con ataques de pánico?
¿Qué técnica puedo usar con un caso de depresión endógena?
¿Qué le digo?
¿Qué hago?

Tenemos la ilusión de que las tareas son lo básico, cuando en realidad no son más que una mínima parte del cambio terapéutico. La tarea, por sí misma, no tiene apenas eficacia. Hay que nutrirla primero con otros ingredientes para que funcione.

1. Escuchar

Y no me refiero a escuchar los síntomas, lo que le ocurre y demás. Me refiero a una escucha de las de verdad, de las que nos intentamos enterar de a quién tenemos delante: a qué se dedica, sus gustos, si tiene alguna afición, qué piensa del problema, qué piensa de la terapia, etc.
Por eso en los grupos de supervisión, suelo preguntar por estas cuestiones antes de poder orientar a la profesional. Si sólo me imagino un “síntoma con patas” me resultará más complicado ayudar.

2. Clarificar objetivos

Habría que responder a las preguntas: ¿qué quiere conseguir la persona que acude a consulta? ¿es posible? ¿está en el camino de hacerlo o todavía no? Uno de los errores que conviene evitar es el de pensar “esto le vendría bien” sin contar con la opinión de la persona que acude a consulta.
Un ejemplo muy típico es el del adolescente que acude porque tiene broncas en casa y en la conversación surge que fuma porros. Sería un error enfocar la terapia a que deje el consumo cuando él acude porque quiere estar mejor en casa (otra cosa es que acordemos que dejar de fumar le ayude en la relación con sus padres. pero esto ya es otro tema).

3. Pensar la tarea

Antes de decir nada, es conveniente responder a algunas preguntas.

¿Es la tarea necesaria?
En ocasiones la persona que acude a consulta ya está empezando a solucionar el problema por sí misma, o se trata de un problema que suponemos que con el paso del tiempo va a ir a mejor porque ahora está en un momento de crisis.
Otras veces, la tarea no es necesaria porque la persona no la ha demandado, bien porque en realidad no quiere estar en consulta o bien porque uno de los objetivos que plantea es el de desahogarse sin más.

¿Entiendo el propósito de la tarea y por qué podría ayudar?
Puede ocurrir que hayamos escuchado o leído en un libro que tal o cual terapeuta utilizan mucho la prescripción del síntoma por ejemplo. Como me parece una técnica interesante, empiezo a “recetarla” pero sin saber muy bien para qué sirve y sin mucho convencimiento de que vaya a funcionar.
Si el terapeuta no entiende la tarea, es más probable que la tarea no funcione. Así que si hay algo que no te convence, no lo digas.

Una vez que están estos 3 ingredientes claros, entonces sí, ya podemos añadir el toque final (o no).

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